viernes, 18 de mayo de 2018

La pequeña gran mujer en la China por GLADYS AYLWARD narrada a CHRISTINE HUNTER

La pequeña gran mujer en la China por GLADYS AYLWARD narrada a CHRISTINE HUNTER 1. Los millones de la China . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7 2. Sobre la marcha . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17 3. Del lazo del cazador . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 28 4. Entre las mulas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 40 5. Entre los pies . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 46 6. Nueve peniques . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 52 7. La señora Ching. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 55 8. Calma antes de la tormenta . . . . . . . . . . . . . . . . 63 9. En guerra . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71 10. La huida. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 85 11. La larga jornada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 90 12. El estetoscopio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 105 13. El Dios que ama. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 112 14. El señor Shan . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 124 15. Aun hasta la muerte . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 131 16. De regreso a Inglaterra . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 138 17. Wong Kwai . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 141 18. Un traje viejo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 151 1 Los millones de la China Mi mayor ambición en la vida era poder actuar en los escenarios. No había recibido una buena educación, pero tenía facilidad de palabra, y me gustaba actuar. Fui educada en un hogar cristiano y asistía a la iglesia y a la Escuela Dominical cuando era niña, pero, a medida que fui creciendo, todo lo que tuviera que ver con religión me interesaba. En aquellos días la mayoría de las muchachas de la clase media obrera sólo llegaban a ser sirvientas porque no había muchas otras oportunidades para ellas. Fue así como llegué a ser camarera; pero en las noches asistía a las clases de arte dramático, ya que me había propuesto actuar en los escenarios fuera como fuera. Una noche, sin embargo, por alguna razón que jamás podré explicar, asistí a un servicio religioso. Allí, por vez primera, me di cuenta de que Dios tenía derecho a reclamar mi vida, y acepté a Jesucristo como mi Salvador. Me hice miembro de la Campaña pro Vida Juvenil, y en una de sus revistas leí un artículo sobre China que me causó una tremenda impresión. Saber que millones de chinos jamás habían escuchado el mensaje de Jesucristo, fue para mí conmovedor, y me convencí que en verdad deberíamos hacer algo al respecto. Primero visité a mis amigos cristianos y les hablé acerca de los chinos, pero ninguno pareció preocuparse mucho por ellos. Entonces traté de persuadir a mi hermano. —Estoy segura que si yo lo ayudara —me dije a mí misma—, ¡él gustosamente iría a la China! —¡Yo no voy! —me dijo bruscamente—. Ese trabajo es para una niña vieja. ¿Por qué no vas tú? ¡Con que ese trabajo es para una niña vieja! —pensé para mis adentros, llena de cólera. Pero la embestida me había acometido con fuerza. ¿Por qué tratar de obligar a otros a ir a China? ¿Por qué no ir yo misma? Comencé a preguntar cómo podría prepararme para ir a un país a miles y miles de kilómetros de distancia, del cual yo no conocía prácticamente nada excepto que allí necesitaban gente que les hablara del amor de Dios. Me dijeron que debería presentarme ante cierta sociedad misionera y asistí eventualmente al colegio de esta sociedad durante tres meses. Al cabo de ese tiempo, el comité decidió que mis cali)- caciones eran demasiado bajas, y mi educación demasiado pobre para poder aceptarme. La lengua china, dijeron ellos, sería demasiado difícil para que yo la aprendiera. Abandoné las o)cinas del comité silenciosamente, con todos mis planes arruinados. Al pensar ahora en aquel incidente, yo no puedo culparlos. Yo sé que nadie lo haría. ¡Cuán estúpida debí haberles parecido entonces! El hecho de que no sólo aprendí a hablar, sino que, posteriormente, también a leer y a escribir la lengua china como cualquier nativo, constituye para mí uno de los más grandes milagros de Dios. El presidente del comité salió corriendo detrás de mí, y me alcanzó. —¿Qué va usted a hacer, señorita Aylward? —me preguntó amablemente. —No lo sé —respondí—, pero estoy segura de que Dios no quiere que siga siendo una camarera. Él desea que haga algo para Él. —A todo esto —me interrogó—, ¿le gustaría ayudar a dos de nuestros misioneros jubilados que necesitan una ama de casa? —¿Dónde están? —Están en Bristol. ¿Irá usted allá? —Muy bien —respondí—, pero déjeme usted primero darle las gracias por la gentileza que me han demostrado. Siento no haber podido aprender mucho en el colegio, pero cuando menos he aprendido a orar y a orar realmente como jamás lo había hecho, y eso es algo por lo que siempre estaré agradecida. Me fui a Bristol a buscar al Dr. Fisher y a su esposa. Aprendí muchas cosas de ellos; su fe implícita en Dios fue una verdadera revelación para mí. Nunca me había encontrado con nadie que con)ara en Él de forma tan completa, implícita y obediente. Ellos tenían a Dios como Amigo, no como un Ser distante, y vivían con Él día a día. Me contaban historias de sus propias vidas en países lejanos. —Dios jamás nos abandona. Él nos envía, nos guía y provee lo necesario para nosotros. Quizá, Él no conteste nuestras oraciones tal como quisiéramos, pero sí las contesta. Recuerde que un no vale tanto como respuesta como un sí. —¿Cómo podré saber si Él quiere que yo vaya a China o me quede en Bristol? —les pregunté. —A su debido tiempo Él se lo indicará. Siga usted velando y orando. Los viejos misioneros me ayudaron y fortalecieron, pero yo seguía deseando estar “en los negocios de mi Padre”. A la semana siguiente me marché a Neath, a trabajar para la Asociación Cristiana de Mujeres y Señoritas. Pero no encontré lo que yo necesitaba para desenvolverme. Entonces me dirigí a Swansea donde trabajé como una hermana en el cuerpo de rescate. Cada noche salía a pasear por los alrededores de los muelles y por las calles oscuras y desagradables y, bajo la luz amarillenta de las lámparas de gas, trataba de ayudar a las mujeres y a las jóvenes que vagaban por ahí. Entraba a las casas públicas y rescataba a las muchachas a quienes los marineros habían emborrachado, y me las llevaba al albergue. Y los domingos me llevaba tantas como podía a la Misión Evangélica de Snelling. Sentía gozo ayudando en esta obra y pensaba que era algo que valía la pena. Sin embargo, el pensamiento de ir a China me atormentaba. ¡China, China! y ¡siempre China! No podía deshacerme de la idea de que Dios me necesitaba allá. Por )n decidí que, si ninguna sociedad misionera me enviaba, quizá yo me podría ir con alguna familia que necesitara una niñera. Fui a Londres a pedir consejo, pero todos se opusieron a mi idea. —Quítate de la cabeza la idea de ir a China —me dijeron—. Continúa con la gran obra de rescate que estás haciendo. Regresé a Swansea deprimida y desanimada, y en el tren saqué la Biblia de mi maleta. En realidad no conozco lo su%ciente la Biblia como para comenzar a predicarla a otras personas —me dije a mí misma entre tanto que pasaba una página tras otra—. Tal vez necesite ponerme a estudiarla y conocerla verdaderamente. De modo que comencé a leer desde el primer versículo y seguí leyendo hasta llegar a Abraham. “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y… engrandeceré tu nombre, y serás bendición” (Gn. 12:1-2). Ese versículo me conmovió profundamente. He aquí un hombre que había dejado todo —su hogar, su pueblo, su seguridad— para marcharse a un lugar extraño porque Dios se lo había ordenado. Tal vez Dios me estaba pidiendo que yo hiciera lo mismo. El siguiente mensaje conmovedor me llegó cuando leí la historia de Moisés. He aquí otra vez a un hombre que hizo algo sin tener absolutamente nada. ¡Qué valor tuvo para emprender la marcha con una turba que desde el principio se había mostrado rebelde y difícil de manejar! ¡Cuánta fe debió haber tenido para obedecer a Dios y desa)ar todo el poder de Egipto y el despotismo del Faraón! Pero Moisés tenía que iniciar la marcha; tenía que abandonar su tranquilo hogar en el desierto. Aquí llegué a la convicción de que verdaderamente me encontraba con un mensaje importante. Si yo quería ir a China, Dios me llevaría allá; pero yo tendría que estar dispuesta a iniciar la marcha y abandonar la poca comodidad y seguridad de que disfrutaba. Finalmente decidí regresar a Londres, conseguir trabajo como sirvienta en una casa, y ganar lo su)ciente para pagar mi pasaje a China. Al tercer día de estar trabajando como sirvienta, me encontraba sentada sobre la cama leyendo mi Biblia. Ahora ya había llegado al libro de Nehemías. Sentí mucha pena por él y pude entender por qué lloró y se lamentó cuando escuchó acerca de Jerusalén y de su gran necesidad y de que no podía hacer nada para ayudarla. Él era una especie de mayordomo y tenía que obedecer a su amo así como yo, pensé para mis adentros. Entonces me volví al segundo capítulo. —Pero él se fue —exclamé en voz alta, y una extraña sensación de regocijo inundó mi ser—. ¡Él se fue a Jerusalén a pesar de todo! Entonces oí una voz como de alguien que estuviera en mi cuarto, que me dijo: —Gladys Aylward, ¿es el Dios de Nehemías tu Dios también? —¡Sí, por supuesto! —respondí. —Entonces haz lo que hizo Nehemías, y vete. —Pero yo no soy Nehemías. —No, pero ciertamente yo soy su Dios. Con eso quedó todo arreglado. Creía que estas eran las órdenes de marcha para mí. Puse la Biblia sobre la cama, a un lado de mi copia de la Luz Cotidiana y, al otro lado, todo el dinero que tenía: 2½ d. (Dos y medio peniques, cerca de dos y medio centavos de dólar). Qué colección tan pequeña y ridícula me parecían aquellas cosas, pero simplemente dije: —Oh Dios, aquí está la Biblia de la cual quiero hablar a otros, aquí está mi Luz Cotidiana que cada día me da una promesa, y aquí están los dos y medio centavos de dólar que tengo. Si Tú me necesitas, yo voy a China con esto. En aquel momento, otra sirvienta asomó la cabeza por la puerta y me dijo: —¡Estás loca, Gladys! ¿Por qué cotorreas contigo misma en esa forma? Pero a mí no me importó. Sentí que Dios me estaba empujando, y estaba dispuesta a obedecer. Sonó la campanilla; mi ama me necesitaba. —Yo siempre pago los pasajes de mis sirvientas cuando las contrato —dijo—. ¿Cuánto te costó el pasaje para llegar aquí? —Fueron dos chelines y nueve peniques desde Edmonton, señora. —Bien, toma estos tres chelines, y espero que te encuentres feliz aquí, Gladys. —Gracias, señora. De modo que en unos cuantos momentos, mis dos y medio peniques habían aumentado a tres chelines. En mis días libres trabajaba en otras casas como camarera, ganando algunas veces diez chelines o una libra por ayudar en el comedor. Otras veces trabajaba toda la noche en alguna )esta social y ganaba hasta £1.20 (cerca de $7.50 oro). Y lo ahorraba todo. Fui a una compañía naviera y pregunté cuánto costaba el pasaje a China. Noventa libras esterlinas parecía ser lo más bajo hasta que un dependiente dijo: —Si usted desea lo más barato, puede irse por ferrocarril atravesando Europa, Rusia y Siberia. Entonces me dirigí a las o)cinas de Muller en el Haymarket y le pregunté: —¿Cuánto cuesta el pasaje sencillo a China? Al oír mi pregunta, al empleado se le desorbitaron los ojos. —¿A China, dijo usted? Vamos, señorita, no tenemos tiempo para bromas. ¿Qué es lo que usted desea? —Deseo saber cuánto cuesta el pasaje sencillo a China por ferrocarril. —Muy bien… ¡yo nunca! Pero, por supuesto, le informaré a usted si viene dentro de uno o dos días. El boleto me iba a costar £47.10 desde Londres a Tientsin, pero me advirtieron insistentemente que no utilizara esa vía porque había guerra en Manchuria y no me garantizaban que yo llegara a mi destino )nal. —Hay demasiados riesgos —insistió el dependiente —Yo soy la que tendré que afrontar esos riesgos. ¿Me permite dejar algo a cuenta de mi pasaje? Coloqué tres libras esterlinas sobre el mostrador, y cada vez que ahorraba una libra la llevaba a la o)cina de Muller. Al principio, ahorrar para el pasaje me parecía algo casi imposible, pero en los meses siguientes comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Un día mi ama se dirigía a una )esta con una de sus amigas de su esfera social, pero en el último instante la amiga se enfermó y no pudo asistir. Mi ama me mandó llamar y con toda calma me dijo: —Yo quiero que tú me acompañes a la )esta en lugar de mi amiga. —Pero yo no puedo ir a una )esta tan elegante en ese jardín. —¿Por qué no? —¿Ha visto usted mis mejores vestidos? —Bueno, si ese es el obstáculo, aquí tienes la llave de mi guardarropa. Toma todo lo que necesites. Como cualquier mujer, disfruté aquella )esta toda la tarde. Engalanada de pies a cabeza con los mejores atavíos que jamás había lucido en mi vida, me paseaba de un lado a otro junto con mi ama, sintiéndome a mis anchas. Cuando regresé a casa y estaba a punto de quitarme aquella )na ropa prestada, mi ama me dijo: —Lucías muy bien esta tarde. Deseo que te quedes con todo lo que llevas puesto. De suerte que ahora me encontraba provista de la ropa que justamente necesitaba y que jamás hubiera podido adquirir por mí misma, y la cual utilicé hasta que llegué a China. Fue así como gracias a muchos, y casi milagrosos incidentes pequeños como el que acabo de mencionar, en lugar de necesitar tres años para ahorrar el pasaje, en el otoño ya había logrado pagar en su totalidad la suma de éste a la Compañía Muller, o sea 47.10 en libras esterlinas. Ahora el problema era, ¿a qué parte de la China iría yo? Por aquel entonces dio la casualidad de que un pastor llamó a la casa de mi madre y solicitó mi ayuda para una campaña de actividades religiosas en su iglesia. Ésta sería la primera ocasión en la que participaría en una obra de verdadera trascendencia pública. Fue precisamente en una de estas reuniones que una señora anciana me detuvo y me dijo: —Yo también estoy interesada en China, porque una amiga mía tiene otra amiga que acaba de regresar a ese país. Se trata de la señora Lawson. Ella tiene ahora setenta y tres años y ha sido misionera en China durante muchos años. Regresó a casa después de que su esposo murió, pero no pudo acostumbrarse aquí, y se ha marchado de nuevo a China a pesar de su edad. Ahora ella ha escrito a mi amiga diciéndole que está orando fervorosamente para que Dios ponga el deseo de ir a China en alguna persona joven para que lleve a cabo la obra que ella había ya iniciado. —Muy bien, esa persona soy yo —le dije, e inmediatamente me puse a buscar a la señora que tenía la carta. Escribí a la señora Lawson, y después de una larga espera vino la ansiada respuesta: “La encontraré a usted en Tientsin, si usted sabe cómo llegar”. Con eso quedó todo arreglado. El ferrocarril me tendría que llevar hasta Tientsin; la señora Lawson me esperaría allí. Entonces comencé a empacar mis cosas apresuradamente. Mi padre insistió en que fuera a casa por algunos días, y allí todos se esforzaron por ayudarme. Ivy Benson, una amiga mía que también era sirvienta, me regaló una maleta que yo necesitaba, y por cierto que no fue sino hasta mucho tiempo después que descubrí que de ella provenía aquel regalo que había quedado en el anonimato. Mi madre me cosió bolsillos secretos en el interior de mi chaqueta y dentro de un viejo corset para que guardara mis boletos, mi pasaporte, mi Biblia, mi pluma fuente, y dos cheques para viajeros de una libra esterlina cada uno. Otra amiga me regaló un viejo abrigo de pieles y mi familia le confeccionó un forro para que abrigara más. Cuánta bondad mostraron todos conmigo, me doy cuenta claramente cada vez que vuelvo a recordarlo. Qué grande fue el sacri)cio que mis padres hicieron al permitir que me fuese sola a un lugar a miles de kilómetros de distancia, conscientes de que probablemente jamás volverían a verme. Cuánto tengo que agradecerles el sacri)cio de no tratar de retenerme jamás. En mi maleta llevaba galletas dulces y saladas, carne enlatada, frijoles cocinados, pescado, cubitos de carne, esencia de café, té y huevos cocidos. En un viejo cobertor del ejército llevaba cosas sueltas y otras zarandejas, tales como un poco de ropa, una colchoneta, una tetera, una cacerola, y una pequeña estufa de alcohol que completaba todo mi equipaje. No llevaba dinero para comprar comida en el camino, de modo que traté de apañarme con lo que llevaba conmigo. La maleta estaba pesada, pero yo con)aba que al menos se iría aligerando en el curso del viaje

No hay comentarios:

Publicar un comentario